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EL BAÚL
UN ARTISTA CALLEJERO
Acompañás
al Sol en su salida. Abrís el hambre antes que los ojos. Te calzás
las zapatillas con suelas de papel y salís raudo hacia el paisaje
repetido. La misma esquina, los mismos rostros, un nuevo día.
Del bolso sacás las herramientas. Uno de tus amigos te tira un
mendrugo. Lo apurás distraído. La luz roja es tu aliada,
los artefactos rodantes, tu desafío. El agua presta, las manos
frías. Ocupás tu puesto, en silencio convenido. Por unos
segundos la marea metálica se detiene. Es el momento. Sorteás
atriles con ojos que te miran. Sabés leerlos. Elegís los
tuyos. Entonces, tu raída brocha ilumina sus paneles de cristal.
El tiempo, escaso, apura tus manos. Esperás recompensa a tu cuidada
obra. De vez en cuando, algunas joyas brincan hasta tus palmas extendidas.
Aprendiste a contarlas al vuelo. Las atesorás en el único
bolsillo ileso. Tus pinceladas de acuarela burbujeante se multiplican
por cientos. No todas merecen premio. Algunas, hasta reciben reproches.
Así es la vida, así tu esfuerzo. Artista de las calles,
acróbata obligado.
Cuando el neón brilla más que el día, llega la hora
de la retirada, Varias veces palpaste el bolsillo haciendo cuentas. Poco,
mucho, nunca suficiente.
Volvés a tu oscuro refugio. Allí esperan. No a vos, a tus
monedas. Las que se trocarán por vino para el patrón. Si
sobran, habrá sosiego para tu estómago.
Duérmete, chiquilín. Regresa al sueño de cada noche.
Eres feliz. Eres tú quien conduce un atril, y tus amigos son ahora
los artistas. Los pinceles decoran tu tela cristalina. Pero no les arrojás
monedas. Los llevás de paseo, los vestís con ropa nueva
y los alimentás con manjares de reino, invitándolos a tu
sueño.
Duérmete chiquilín. Hasta que el hambre te despierte. O
tal vez no. Tal vez mejor.
Ángel
Eduardo Speroni
enero 2005
EL BAÚL
Diluvio
2
Y
Dios miró a los hombres y dijo: Han caído en la perversión.
Entendieron mal lo de amar al prójimo... Se olvidaron de honrar
al padre y a la madre. Se matan los unos a los otros. Continuó
repasando los mandamientos del Antiguo y el Nuevo Testamento y se dio
cuenta que parecía joda che, estaban haciendo todo lo contrario.
Entonces dijo: Romperé mi alianza y derramaré mi ira
otra vez. ¡Van a ver el nuevo diluvio que les mando!
Pero con su infinita bondad, decidió observar cuidadosamente a
los humanos y elegir algunos para cumplir el rol de Noé, en la
nueva arca.
Llamó a uno de sus ángeles más queridos, Miguel,
y le encomendó ir a la Tierra, buscar algunos hombres justos -aunque
fuera sólo uno- y avisarle del próximo desastre para que
tuviera tiempo de prepararse.
El ángel bajó nomás, con un entusiasmo renovado -era
la primera vez en milenios que lo dejaban salir, y como amaba a su jefe
no quería menos que quedar bien-. La cosa no fue fácil.
Después de estudiar los informes se acercó a un ciudadano
modelo, muy trabajador, muy caritativo, buen padre, buen hijo, buen esposo.
Este hombre, de quien no diré su nombre, lo escuchó con
atención. Tomó el teléfono, marcó un número
y el ángel lo escuchó decir: ¿Doctor? Si, si,
es una urgencia...
El psiquiatra le aumentó las sesiones a tres veces por semana,
le recetó antipsicóticos, y llamó al decorador para
renovar el consultorio.
Miguel no lo podía creer, pero casi lo mismo le pasó con
la mayoría de las personas visitadas, con algunas variantes...
Algunos llamaron al analista, otros al médico, otros a la policía...
En el mejor de los casos no le creyeron, es más, trataron de convencerlo
de que estaba equivocado y hasta ofrecieron llevarlo a un sanatorio vecino.
Con los creyentes no le fue mejor...Lo acusaron de hereje, de farsante.
Después de recorrer sin éxito toda su lista, regresó
al Cielo con las alas entre las patas.
Se acercó a Dios, temeroso de su ira, y le acercó el informe
de lo sucedido.
Y Dios dijo: En castigo por la falta de fe de los hombres mi diluvio
caerá, pero esta vez lo haré lentamente, a ver si alguno
reacciona.
Lo siento por la irrespetuosidad, ¿vio? Pero la chingó.
Empezó a llover, lentamente, violentamente de a ratos. Comenzaron
las inundaciones, el agua subía despacito. Cada tanto paraba, las
aguas bajaban un poco, volvía a llover, volvían a subir.
Los especialistas -los de verdad y los de café- hablaban de cambio
climático. De efecto invernadero, de polución...
De Dios, nadie...
Cuando el agua les llegó a los tobillos, los fabricantes de botas
organizaron una fiesta. Cuando les llegó a las rodillas, los fabricantes
de botes vivieron una reactivación inesperada del sector.
Hubo evacuados, solidaridad, y la misma corrupción de siempre.
Los colchones y la polenta se perdían en inmensos laberintos burocráticos
-palabra que designa el robo legalizado-, y llegaba a extraños
mercados.
Les cuento que Dios no lo podía creer...Les envió entonces
algunos otros desastres. Terremotos, aludes. Pero siguió su estrategia
de hacerlo paulatinamente.
Nada, el resultado fue casi el mismo, con un poco más de desesperación
y desgracia.
Dios se estaba cansando de hacer tanto esfuerzo y no lograr nada, empezaba
a dudar de su propia omnipotencia. Casi casi lo busca a Freud para que
lo ayude con ese sentimiento, pero se acordó de que él no
andaba por ahí.
Miguel, que seguía tratando de complacerlo, le acercó unos
informes sobre la Tierra que, debido a la burocracia del Cielo, Dios nunca
había leído.
Así se enteró de los grupos fundamentalistas, de las Torres,
de las últimas guerras.
Miró a Miguel con su infinita paciencia y le dijo: Dejá,
ya sé qué vamos a hacer...
Miguel, esperanzado, preguntó ¿Qué?.
Nada -dijo Dios-, les damos un tiempito más y ellos se exterminan
solos....
Nadesh
EL MURO GRIS
Hoy, circunstancialmente, casi veinte
años después, volví a pasar por el lugar. Mi casa
ha desaparecido, desplazada por un chalet de dos plantas. Y enfrente;
sí, enfrente, el motivo de mis terribles recuerdos y pesadillas
es ahora un supermercado.
Yo nací en aquella casa, en un humilde barrio del Gran Buenos Aires.
En la vereda opuesta a un destacamento militar. De pequeño me sentaba
junto a la ventana y pasaba horas mirando hacia el cuartel. A través
de sus rejas, me divertían los movimientos de los camiones y jeeps.
Me emocionaba ver a los soldados marchando. ¡Y los desfiles en las
fiestas patrias! Cuando de la mano de papá, cruzaba la calle y
aferrado a los barrotes de la reja, disfrutaba del espectáculo
junto a mis amigos. El gentío se congregaba agitando banderitas
celestes y blancas, saludando a los militares, festejando a la Patria.
Pero un día, a poco de cumplir mis ocho años, todo cambió.
De improviso, las rejas fueron derribadas. Y en cuarenta y ocho horas
reemplazadas por un muro gris, abarcando todo el perímetro del
cuartel. Le pregunté a mamá el porqué del cambio.
Por seguridad, me respondió. Recuerdo que me quedé todo
el día pensando en eso. Que si lo hacían por seguridad,
estaríamos en guerra. La idea me asustó. Por la noche, papá
supo alejar aquellos fantasmas. De todas formas, despertó mi curiosidad.
Todas las tardes, de regreso de la escuela, merendaba apurado para subir
a la terraza. Desde allí podía ver, por encima del muro,
el interior del cuartel. Entonces empezaron mis asombros, mis preguntas.
Uno de los recuerdos más precisos es el de una noche de verano.
No podía dormir por el calor. Subí a la terraza. Una zona
iluminada, en los fondos de aquella unidad, me llamó la atención.
Pude distinguir a un grupo de hombres y mujeres caminando en fila india,
escoltados a punta de fusil por varios soldados. De pronto, detuvieron
la marcha y fueron puestos contra una pared, uno al lado del otro. Los
soldados se apostaron frente a ellos, a unos cinco o seis metros. Otros
se acercaron a los civiles y les cubrieron los ojos con pañuelos
blancos. Un oficial, a pocos pasos, hacía movimientos con su sable.
Comprendí la escena; ya la había visto decenas de veces
en series de televisión. Horrorizado, me cubrí la cara,
esperando oír los disparos. Pasaron unos segundos y nada. Me atreví
a mirar. Los soldados estaban empujando al grupo de desconocidos, arrastrando
a algunos, hacia el lugar desde donde habían aparecido. Enseguida
apagaron las luces. Se oyeron carcajadas entre los militares.
Al día siguiente, le conté el hecho a papá. Me miró.
Apenas hizo una mueca, se encogió de hombros y siguió con
lo suyo. Mi mamá, al escuchar aquello, me prohibió volver
a subir a la terraza, augurándome severos castigos por desobediencia.
Sus amenazas y la impresión que me causó aquella escena,
fueron suficientes para convencerme. De todas formas, con el tiempo supe
de peores espantos ocurridos tras el muro gris.
Mis padres comenzaron a recibir visitas. Amigos del trabajo supuse, porque
se trataban de compañero. Cuando llegaban, mamá
me encerraba en mi habitación. Como consuelo, me permitía
ver televisión hasta tarde. Mi curiosidad pudo más. Apoyando
una oreja en la puerta del cuarto, pude oír algunas frases sueltas.
Estaban decididos a contar lo que ocurría en el cuartel a radios
y canales; a personas cuyos nombres no recuerdo, pero que seguramente
debían de ser importantes, por el respeto con que se las mencionaba.
Las reuniones en casa no duraron mucho. Una madrugada desperté
sobresaltado. Escuché golpes, gritos. Dos hombres entraron a mi
cuarto. Me arrancaron de la cama y, sin decirme nada, me llevaron afuera.
Apenas pude ver a mis padres, antes de que bajaran la lona trasera del
camión militar que se los llevó para siempre. A mí,
me dejaron en casa de mis abuelos. Sin más.
Hoy, este encuentro circunstancial con aquellos sitios, me trajo como
nunca el recuerdo del muro gris. De la fila de hombres y mujeres asustados.
Y los pañuelos blancos que cubrían sus ojos. Como el que
hoy usa mi abuela sobre su cabeza, con los nombres de mis padres inscriptos
en él.
Ángel Eduardo Speroni
EL
PAJARERO
Todos
los amaneceres recorría el bosque saludando a los pájaros
con las manos en alto e imitando sus píos, gorjeos y silbos.
-¡Avecitas mías, aladas hermanas!, ¡livianos corazones
de la mañana, alegría del cielo!, ¡ aquí está
mi pecho, si necesitáis nido!, ¡aquí mis manos, para
calentaros si tenéis frío! ¡Cuánto os amo,
hijas del sol y del aire, volvedoras golondrinas, armoniosos jilgueros,
gorriones saltarines, ruiseñores de la noche! ¡Aquí
estoy yo, vuestro hermano! ¡Buenos días, buenos días
...!
Así decía el pajarero mientras armaba sus ligas en los lugares
del bosque concurridos por los pájaros: algún manantial
o los senderos donde caían de los carros de los labradores granos
de trigo, mijo o alpiste.
Al mediodía comía sus ajos y anchoas emparedados en rodajas
de pan frito, bebía media bota de vino y se detenía a descansar,
siguiendo con arrobo y lágrimas de ternura en los ojos el vuelo
de sus hermanos alados. Luego, desandando sus pasos recogía el
fruto de su labor, medio centenar de pájaros de toda especie, los
descogotaba en el acto y los vendía en la plaza del mercado.
-¡A los ricos pajaritos para el guiso de hoy!, ¡pajaritos,
pajaritos para el arroz y la polenta! ¡Pronto, pronto, que no quedan
más!
A unos pasos de allí, en el lugar de la plaza reservado para actos
cívicos, casi siempre había un candidato a senador, edil,
pretor o cualquier otro puesto discernido por el voto de las gentes, proclamando
con grandes ademanes y voces ante algunos incautos, su infinito y desinteresado
amor por el pueblo.
Adolfo Pérez Zelaschi
De
la obra Cien cuentos para cien días
Plus Ultra, Bs. As., 1996.
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